miércoles, 6 de mayo de 2015

No todo es lo que parece

- Tío, quiero presentarte a alguien - me dijo mi mejor amigo, Víctor, arrastrándome hasta un grupo de chicas que estaban bailando al son de la música que sonaba en aquella fiesta - Izan, esta es Carla. Carla, Izan. Un beso, ¿no?
Era una chica morena, no muy alta ni tampoco muy guapa, maquillada al máximo que intentaba sacarse un poco de partido con un vestido negro ceñido y mucho labial rojo en los labios. ¿De verdad tenía que hacer como si me interesase la chica después de aquel día tan pesado que llevaba? Saqué mi mejor sonrisa y comencé a hablar con la chica.
Salimos de la habitación y nos sentamos en un sillón en la entrada de la casa.
Parecía una buena chica y rápidamente comenzamos a estar más relajados el uno con el otro, pero por mucho que quisiera no me sentía con ánimos para aquello ese día. Me despedí y salí de la fiesta.
Entonces pasó. De camino a casa pude ver a lo lejos a mi padre, no estaba solo. Estaba con una mujer, que no conocía, caminando juntos hasta la entrada de una casa. En ese momento se besaron y entraron ambos a la casa de la mujer.
En ese momento no pude reaccionar, caí en la cuenta de que estaba llorando cuando sentí la humedad en mis mejillas. Salí corriendo sin un rumbo fijo. Corrí hasta quedarme sin aliento y me paré en una calle que no conocía desplomándome sobre la pared lleno de rabia.
Le di un golpe a la pared con el puño y caí al suelo con la espalda pegada a la pared.
- ¡Izan! - escuché una voz familiar a lo lejos acompañada de unos pasos apresurados que se acercaban a mi - ¿Estás bien? ¡Oye, Izan!
A penas había hablado antes con aquel chico, creo que solo un par de veces. Era Raúl, un chico nuevo que había llegado a clase hacía unos días.
- ¡Por Dios, Izan! ¡Estás sangrando! ¿Qué ha pasado? - el chico no paraba de mirarme por todos lados por si tenía alguna herida más.
- Tranquilo... Estoy bien...
- ¿Bien? Ven, te curaré eso antes de que se te infecte. Un poco más abajo está mi casa.
No sé por qué le hice caso, pero un momento después me encontraba sentado en su cama y aquel chico casi desconocido sanando las heridas de mis manos.
- ¿Por qué me ayudas? - dije en un susurro mientras secaba con una toalla húmeda la sangre.
- ¿A caso no debería? No importa lo que haya pasado y estás mal, tanto físicamente como por dentro... Lo noto... No creo que un poco de amabilidad le haga daño a nadie.
Cuando acabó de curarme, me vendó las manos. Ambos estábamos en silencio y, no sé como ni por qué, le comencé a contar todo lo ocurrido.
Me escuchó pacientemente todo sobre lo de mi padre, que quería ser escritor y mis padres se negaban y querían que estudiase Derecho... Todo.
- Es muy complicado... Pero yo creo que lo mejor es que te guíes por lo que te haga sentir mejor, hacer lo que quieren tus padres o lo que quieras tú. Con el tiempo tus padres se darán cuenta de que lo que importa es su realmente eres feliz con decisión que has tomado sea cual sea y te apoyarán. No te preocupes tanto, no te hace ningún bien...
Sabía que tenía razón y que me estaba preocupando demasiado. Aquel chico que tenía enfrente con aquellos grandes ojos verdes que me miraban con aquel brillo de esperanza tenía razón.
- Siento causarte tantas molestias, me voy a casa es tarde ya.
Me acompañó a la puerta y, como un impulso, le besé suavemente en los labios a modo de despedida.

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