viernes, 20 de marzo de 2015

Carmín

                Blanco. Un blanco demasiado brillante me deslumbra al abrir los ojos, tengo la vista demasiado borrosa como para saber dónde estoy, además que no podría averiguarlo pues mi cerebro apenas reaccionaba a mis órdenes y mejor no hablar de mi cuerpo. Lo sentía pesado y con mucho esfuerzo conseguí mover los párpados para poder ver. ¿Qué era lo que me pasaba?
                Poniendo todo de mi parte, logré bajarme de la cama, pero de no muy buena manera ya que me caí de bruces al suelo. Me arrastré por el suelo y me pegué a la pared para intentar incorporarme y ponerme al fin en pie, puesto que por mí solo no lo iba a conseguir. Pegué la espalda contra la pared y fui subiendo poco a poco de espaldas hasta lograr mi objetivo. Continué en esa posición un buen rato, no estoy seguro de cuánto tiempo exactamente, hasta que se me pasó casi por completo el aturdimiento.
                Ya podía ver mejor e incluso reconocer el lugar donde me encontraba. En realidad nunca había estado allí, pero me imaginaba lo que podía ser, lo que no entendía era el por qué estaba yo allí. Paredes acolchadas, sin ventanas, una habitación de techo alto y poco espacio, una cama y todo eso blanco. Una sala de internamiento de alguna clínica mental del país. Yo no estaba loco, no había hecho nada así que ¿por qué estaba encerrado en un psiquiátrico? Intenté hacer memoria y recordar algo de lo que había sucedido que me diera una pista para saber el motivo por el que me encontraba allí, tratado como un loco e incomunicado del resto de personas del mundo exterior, pero nada… ¡No conseguía recordar nada! El miedo se apoderó de mí cuando me di cuenta de que no sabía siquiera cómo me llamaba. Era algo como David, Damián… No, no era ninguno de esos nombres.
                Un grito salió de mi garganta casi por cuenta propia. Grité y grité pidiendo ayuda con todas mis fuerzas hasta que me quedé sin voz, después opté por golpear la pared, ni siquiera se reconocía la puerta, hasta que mi cuerpo se quedó sin fuerzas. Pero nadie me escuchaba, estaba allí solo completamente y nadie me ayudaría. Si quería salir de allí debía ser por mi propia cuenta. Si no estaba equivocado, alguien debería venir dentro de un rato a darme la comida y si de verdad pensaban que estaba loco, mi medicación, así que me senté en una esquina de la habitación aguardando mi oportunidad.
                No sé si fueron minutos u horas, pero pasado un tiempo alguien apareció con una bandeja con mi almuerzo, o cena, o desayuno… Era un hombre de mediana edad vestido con una bata blanca y unos pantalones del mismo color, debía de ser un enfermero. No parecía muy agradable, pero cuando me vio, me sonrió amablemente y dejando la bandeja en el suelo se dirigió hacia mí.
-          Vamos, Daniel – dijo el hombre cogiéndome cuidadosamente del brazo para ponerme en pie. Con que mi nombre era Daniel… - ¿Otra vez te has caído al suelo? - ¿Otra vez? ¿Cuánto tiempo llevaba encerrado en ese lugar? – Venga, vamos a llevarte a la cama y así se tomas tu comida y las pastillas.
                Le seguí la corriente y me senté en la cama sin resistirme en absoluto. Me acercó la comida se dispuso a alimentarme. Tenía que hacer algo, pero… ¿qué podría ser?
-          Pobre diablo - dijo el enfermero, parecía que por momentos su simpatía había desaparecido por completo – Hoy estás más drogado que nunca – soltó una carcajada – Supongo que aumentarle la dosis te ha dejado más loco de lo que estabas.
                No iba a soportar que aquel tipo siguiera por el camino que estaba tomando. Él era demasiado fuerte para que en aquel estado pudiese si quiera pensar en enfrentarme a él así que intenté buscar otra manera de escapar. Sobre la bandeja, escondido detrás del plato, había un cuchillo de plástico y una cuchara, con aquello no podía hacer mucho, pero eran mi única salvación.
                En un descuido de aquel idiota enfermero cogí el cuchillo de plástico y lo amenacé con él haciendo que cayera de la cama sobresaltado de espaldas contra el suelo. Me incorporé y me tiré encima de él poniendo mi codo en su cuello sin dejar de amenazarlo con el cuchillo en la otra mano.
-          Me creo que te equivocabas, estoy más despierto que nunca – diciendo eso mi cuerpo actuó solo independiente a las órdenes que le indicaba mi cerebro y hundió el cuchillo en el cuello del hombre que gritaba agonizando, pero no satisfecho por ello, movió el cuchillo hacia un lado rompiendo todo tejido que se ponía en su camino.

                La sangre salía a borbollones del cuerpo de aquel hombre y por mi manos y por mi ropa corría su sangre. 

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