Hay momentos duros por los que pasas sin ninguna razón, sin saber por qué y te preguntas qué has hecho mal para llegar a ese punto. Puede que no tengas culpa de lo que te sucede, aunque por otro lado si puedes tenerla. Entonces llega ese momento en el que no dejas de pensar el por qué de las cosas y le das vueltas y más vueltas hasta que tu cerebro te ordena que pares mandando una orden directa a tus ojos para que te entretengan derramando lágrimas sin ton ni son.
Después de llorar y pasar ese mal trago, llegas al siguiente paso: enfadarte con el mundo. Puede que este periodo de tiempo sea el más duradero y el más conflictivo. Te enfrentas a personas que no tienen culpa y estás a la defensiva todo el tiempo. Te niegas a pensar que eso te está pasando y proyectas esa negativa en forma de furia descontrolada e insana que aleja a tus seres queridos de ti.
Tras esto, llega de nuevo un periodo de llanto y culpabilidad, a la que se le suma el malestar del principio con el de haberlo pagado con tus seres queridos. Para mí este es el peor.
Por último llega un periodo de aceptación en el cual ya éstas más o menos recuperado del daño y deseas seguir adelante con tu vida, mejorándola e incluso poniéndote metas que nunca antes te habías impuesto.
Por lo tanto, ¿es bueno pasar por esos horribles momentos? ¿Recompensa a la larga el hacerlo? ¿Es mejor evitar ese sufrimiento? He aquí mi moraleja.
domingo, 25 de enero de 2015
Momentos duros
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