¿Sabes la sensación que te recorre el cuerpo cuando ves algo que te da realmente miedo? ¿Uno de tus mayores miedos? Si sabes lo que se siente añádele una buena dosis de desesperación y tres cuartos más de impotencia. Supongo que así sería la mejor manera que tendría para describir lo que siento.
Pero lo peor no es eso. Es verlo tirado sobre tu regazo, con sus enormer ojos verdes apagados cerrándose poco a poco. Esta vez sé que no será como las otras. Ya no puedo escuchar bajo su pecho el galopante ruido de su corazón que bombeaba la sangre con fuerza y se había negado en varias ocasiones a pararse.
Sus labios entreabiertos habían dejado escapar las últimas palabras que escucharía de su boca, las más dulces, lo más sincero que había salido de su boca.
Todo el tiempo peleando contra todo, sufriendo por tanta basura que hay en el mundo sólo por salvar a un puñado de personas para incluso dejar su vida por ello.
Mis ojos llenos de lágrimas confusas lloran desesperados mientras mi corazón se destroza en mil pedazos y mi mente viaja en el tiempo hasta aquel momento, hace ocho años, cuando en aquel bar del centro que a penas recibía visita, me encontré con un joven de ojos verdes y traje de alquiler que decía ser un agente del FBI, claro, fuera de servicio.
Había tenido un mal día: mis fotos habían sido rechazadas para el periódico y al día siguiente debía de lidiar con la engreída de mi hermana mayor que siempre tenía que estar por encima mía, ya sea viviendo en Londres junto a una familia de anuncio, con un trabajo de ensueño, una casa y su respectivo coche realmente caro y una felicidad desbordante por todos lados. La quería, pero era demasiado estirada para mi gusto.
Me revolví en el taburete y le dí un largo sorbo al botellín de cerveza que tenía en la mano. A penas me dí cuenta que no estaba sola en la barra, pues a un escaso metro de distancia, un tipo entrajado pidió una cerveza al igual que yo.
- No hay nada mejor que una buena cerveza después de un largo día - dije dándole un trago a la cerveza.
- Y que lo digas - pensaba que lo había pensado, pero al ver que el chico me miraba me dí cuenta de que no era así.
- ¿Un mal día?
- Un mal día - repetí y volvía a beber de la botella.
- Soy Dean - se presentó dedicándome una amplia sonrisa - Experto en días malos y horrorosos.
- Sara. Doctorada en mala suerte - supongo que su alegría me animó un poco.
Chocamos a modo de apretón de manos los botellines y bebimos cada uno del suyo. Nos pasamos media noche hablando en aquel antro hasta que el dueño del local comenzó a darnos indirectas muy directas para que nos fueramos.
En la calle hacía un frío que apenas se podía estar en ella con varias capas gruesas de ropa. Hablamos un poco más y nos despedimos, un adiós y cada uno para su coche, o por lo menos esa era la inteción. Nada más que decir adiós y darme la vuelta, sentí una presión cálida en la mano que tiraba de mí para detenerme y que no siguiera caminando. Allí estaba él, con las mejillas enrrojecidas por el frío acercándose hacia mí. Retrocedí hasta encontrarme con la pared, su intensa mirada me intimidaba y me hacía que el corazón se me parara a la vez. Su mano seguía entrelazada con la mía mientras con la otra me agarró por la cadera atrayéndome hacia sí. Nuestras respiraciones se mezclaban formando una gran nube de vaho provocado por el frío y el aire caliente que salía de nuestros cuerpos. Podía notar su colonia y un olor dulce que emanaba de su cuerpo, un olor que sólo podría tener él. Fue un beso corto y casto que apenas juntó nuestros labios por unos segundos. Después otra despedida y cada uno a su coche.
Tuve la gran suerte de que mi coche no funcionara esa noche, nótese la ironía, por lo que tuve que ir andando a casa, aunque fue por poco tiempo.
- ¿Te llevo a algún lado, preciosa? - un coche desconocido se paró junto a mi.
- No, gracias.
Aquel tipo no me daba buena espina. Parecía que había bebido demasiado y no quería tener más problemas.
- Venga, preciosa. Y... Tu y yo podemos divertirnos un rato.
- Creo que la parte de que no quiere ver nada contigo no la entiendes - dijo alguien detrás de mi.
Me giré y ví acercarse a Dean. ¿De dónde había salido?
- Vete a la mierda, tío. ¿No ves que estoy hablando con la señorita, cabrón? - continuó el tipo del coche.
Dean no dijo nada como respuesta, solo miró al borracho y este pisó el acelerador como si no hubiera un mañana.
- ¿Quieres que te lleve a casa? - preguntó sin más.
- Si, por favor. Mi coche dice que no quiere arrancar hoy así que...
Nos montamos en su coche y le indiqué como llegar hasta mi casa. Esta vez fui yo la que le besé al llegar a casa, pero fue más intenso y más largo.
Abrí los ojos lentamente deseando que todo lo que había pasado no hubiera sido un sueño, pero no lo había sido. Estaba amaneciendo y su rostro parecía todabía más bello bajo la ténue luz del sol que entraba entre las cortinas.
Sus piernas permanecían enrredadas en las mías y sus brazos me rodeaban en un intento de mantener el cuerpo caliente con el frío que hacía, y aún más desnudos.
La noche anterior no me había dado cuenta de la cicatriz que tenía en uno de los pectorales, parecía que aquella herida había sido una herida y por lo que se veía, muy profunda. No pude evitar la tentación de besarla. Para mi mal, lo desperté.
Me besó y poniendo la escusa de que tenía que trabajar se fue sin desayunar si quiera. Sería la última vez que le vería en casi ocho años.
Para bien o para mal... No me dejó del todo sola...
Hace unos meses, alguien tocó a la puerta mientras lo preparaba todo para la fiesta. Cuando salí a recibir a quien llamó pensando que serían los primeros invitados de la fiesta me llevé la sorpresa de que era Dean. No sabía si alegrarme o mandarlo por donde había venido, pero obté por lo primero.
- ¿Qué te trae por aquí? - pregunté nerviosa por tenerlo allí delante mía. Que mal momento...
- Tenía trabajo cerca de aquí y me pasé a saludar, pero parece que te pillo en mal momento... - dijo señalando los globos y los platos llenos de comida de encima de la mesa.
- Emm... Si... - ¿qué sería mejor decirle la verdad? No, claro que no.
- ¡Mamá! - se escuchó desde el piso de arriba y después un correteo hasta el salón. ¿Y ahora qué?
- ¿Mamá? - el rostro Dean era todo un poema mientras miraba al niño.
- Dylan, este señor es Dean, un amigo de mamá - dije sentando en mi regazo a mi hijo - Vete a jugar mejor, ¿Vale? Ya mismo empezará la fiesta.
- Sara... ¿Es su cumpleaños? - pregunta mirando al niño desaparecer por la puerta del patio.
- Si, cumple los ocho años - ¿qué le podía decir? Piensa Sara, piensa - No te preocupes, no es tuyo.
Una larga conversación que duró hasta que llegaron los invitados nos puso al día el uno del otro. A penas creí lo que me decía, ocho años no pasan asi como si nada y te olvidas de llamar a una persona, pero me alegraba de que estubiera allí.
Hoy me arrepiento de no haberle dicho que sí, que Dylan era su hijo ya que nunca lo podrá saber ya. Me arrepiento de que todo pasara así y que sus últimas palabras: Te quiero, cuida bien de Dylan, fueran las últimas que podría escuchar.
martes, 16 de diciembre de 2014
Al borde del precipicio
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